Todas hemos sido Carrie (y Valeria y Victoria)

¿Puede la incomodidad que nos provoca un personaje ser la llave para un autoanálisis?

Todas hemos sido Carrie (y Valeria y Victoria)
Montaje a partir de las fotografías de Carrie, Valeria y Victoria | Redacción NMedia
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Los rasgos que nos fastidian en un principio, tal vez porque nos reconocemos en ellos, terminan provocándonos una catarsis interior. Un concepto definido por Aristóteles, típico del teatro griego, que permitía la purificación del alma del espectador a través de la tragedia; el cumplimiento de pasiones e impulsos que el espectador nunca hubiese podido experimentar sino a través del teatro.

En los últimos treinta años, el sector audiovisual ha ido evolucionando hacia una representación de las mujeres que se acerca más a una realidad objetiva, dejando espacio a personajes imperfectos que nos pueden provocar una incomodidad inicial, pero con los que terminamos por empatizar al darnos cuenta de que es como mirarnos al espejo con un ojo cerrado, llevando levemente la barbilla hacia atrás, por miedo a reconocernos.

El primer personaje que me hizo vivir mi propia catarsis es Carrie Bradshaw, protagonista de la serie de los años 90, ‘Sexo en Nueva York’, basada en el libro homónimo de Candace Bushnell, y de la serie secuela, ‘And Just Like That’. Carrie es una periodista treintañera que vive en la ciudad que, supuestamente, nunca duerme, pero donde la mayoría de las tiendas cierran a las 19h. Cada capítulo empieza con Carrie, sentada en su apartamento, que reflexiona frente a la pantalla en blanco de su portátil, dejando claro quién tiene las riendas de la serie. Entre la adicción a la nicotina que intenta esconder en un par de Manolo Blahnik y el espionaje de sus vecinos desde la ventana, Carrie se queja de que no encuentra al amor y se lanza en una búsqueda implacable de la pareja de su vida. Por mucho que su columna como periodista hable de relaciones, ella parece no aprender nada de la disfuncionalidad de la que escribe, como un médico incapaz de curarse a sí mismo. Cuando encuentra a alguien, Carrie se enfoca en sus dramas y menosprecia los problemas de sus amigas, convirtiéndose en la amiga que nadie querría, pero que todas hemos sido.

A pesar de que yo misma la haya criticado, gritando y apuntando con el dedo a su imagen en la televisión, el espectador termina por comprenderla. Al final, el amor nos vuelve egoístas. Umberto Galimberti, filósofo moderno, trata el amor como la absoluta sublimación del ego, como una confirmación de existencia; si alguien nos ama entonces alguien nos ve, dotando de sentido nuestra permanencia en el planeta. Yo existo si tú me reconoces. Sin embargo, Elísabet Benavent, autora de la saga literaria de ‘Valeria’, adaptada por Netflix en 2020, considera que “vivimos en un momento en el que la sobreexposición fomenta la idea de que valemos en función de lo que el otro ve en nosotros”. “Somos y merecemos por esencia; el ojo ajeno no nos hace existir”, añade.

Carrie parece no aprender nada de la disfuncionalidad de la que escribe, como un médico incapaz de curarse a sí mismo

A través de las palabras de su creadora, os presento al segundo personaje de mi absurda catarsis: Valeria, escritora de romances de amor, vive en Madrid, toma cañas en las terrazas con sus amigas, es torpe y lo que necesita realmente es sincerarse consigo misma. Una representación que deja espacio a esas heridas, dudas y miedos que nos hacen imperfectos y, por lo tanto, maravillosamente humanos. Una realidad que hace soñar a su público, porque crea esa magia que parece casi alcanzable si extendemos los dedos. Esa cercanía que se esconde en los largos mensajes de voz, predecesores ajenos de los pódcasts, que enviamos a nuestras amigas. Quizá por eso resulta tan fácil reconocerse en Valeria, Nerea, Carmen o Lola: no son mujeres perfectas, sino mujeres con sus contradicciones e inseguridades y que, a pesar de todo, construyen vínculos honestos. Y aunque Elísabet Benavent, citando a Isabel Allende, sostenga que, por lo general, “la ficción no tiene la motivación o finalidad de educar”, sus personajes muestran que las relaciones, tanto de amor como de amistad, son las que nacen entre personas imperfectas que se cuidan entre ellas y esta es la mejor enseñanza. “Carmen, Nerea y Lola son para Valeria ese ‘coro’ de las obras de la Antigua Grecia”, explica Benavent. Un coro que acompaña a la protagonista en su búsqueda de la felicidad. Pero no todas las emociones encuentran consuelo en ese coro. Algunas no dialogan, sino interrumpen y, entre ellas, hay una que se cuela con más fuerza: ¿cuál es el peor defecto que pueda tener una amiga? Probablemente la envidia.

Por eso es tan fácil reconocerse en Valeria: no es una mujer perfecto, sino una mujer con sus contradicciones e inseguridades que, a pesar de todo, construye vínculos honestos

Victoria, protagonista de la serie argentina ‘Envidiosa’, estrenada en Netflix en 2024, es la encarnación de este sentimiento. Sin embargo, no ha habido un solo episodio en el que no haya terminado alentándola desde el sofá. Vicky tiene cuarenta años y parece tener la vida resuelta, hasta que su novio la deja después de diez años. Mientras sus amigas se casan, Vicky entra en crisis y decide buscar un nuevo amor. Y como Dante, también Vicky necesita a su Virgilio para indicarle el camino, que en la serie tiene la apariencia severa de Fernanda, su terapeuta.

A primera vista, podrían haber sido esas pequeñas desgracias que parecen perseguir a Victoria las que hicieron que el público empatizara con ella. Probablemente la llave es el humor; las risas que desata en el espectador, esos momentos en los que volvemos a cubrirnos los ojos, sabiendo que no terminará bien, para luego echar un vistazo desde detrás de la palma de la mano, porque dejarla sola en esa situación nos parece injusto. Y, al final abrimos los ojos, esta vez sin miedo, y nos reconocemos. Carolina Aguirre, guionista de la serie, subraya que Victoria no es la voz de la serie, no es un modelo a seguir, sino una persona con la que identificarse.

Como Dante, Vicky también necesita a su Virgilio, personificado en su terapeuta, Fernanda

Ese es el mensaje intrínseco en Carrie, Valeria y Victoria: no todas somos mujeres resueltas. No hay edad para ganar este eterno debate entre lo que sentimos que debemos ser y lo que realmente queremos. El egoísmo, el miedo y la envidia no nos vuelven menos dignas de amor, sino simplemente seres humanos.

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