¿Podría estar el fútbol femenino ante una epidemia de cruzados?

Las jugadoras, en alerta por el aumento de lesiones

¿Podría estar el fútbol femenino ante una epidemia de cruzados?
Una jugadora observa la rodilla lesionada de una compañera | Foto: Nerea Rubia
Nerea Rubia
Alumna del Grado en Periodismo
6 minutos de lectura

En los últimos años, el fútbol femenino convive con una amenaza cada vez más frecuente. El Mundial de 2023 evidenció el problema cuando un gran número de futbolistas se perdió el torneo por una rotura de ligamento cruzado anterior. Con la vista puesta en 2027, es importante entender por qué esta patología afecta más a las mujeres y cómo puede prevenirse.

Una futbolista puede estar en su mejor momento físico, encadenando buenos partidos, con confianza y un rendimiento alto, cuando, de repente, una acción del juego puede cambiarlo todo y dejarla fuera el resto de la temporada. La lesión de ligamento cruzado anterior (LCA) es una de las lesiones más graves y temidas del fútbol, ya que implica una cirugía y una recuperación que se alarga entre 9 y 12 meses. Un período en el que las jugadoras no solo tienen que reconstruir la rodilla, sino también la fuerza, la estabilidad y la confianza para volver a rendir. En el fútbol femenino, esta lesión se ha convertido en un problema por su alta incidencia. Un estudio de 2023 publicado en la revista científica Retos y una investigación de 2024 de la Universidad Pontificia de Comillas, confirman que las mujeres tienen entre 2 y 8 veces más probabilidades de sufrir una rotura de ligamento cruzado anterior que los hombres.

Desde 2022, más de 500 jugadoras han sufrido rotura de ligamento cruzado anterior

Además, el 73,4% de los casos se producen sin contacto directo, es decir, no hace falta un choque contra otra jugadora, sino que basta con un giro, una frenada o un salto mal controlado. Según la investigación publicada en Retos, las mediocentros son las jugadoras que más sufren esta lesión, con un 27,7% del total, seguidas muy de cerca por las centrales, con un 26,6%. Las mediocentros son las que más participan en el juego y más recorrido acumulan durante el partido, estando constantemente implicadas en acciones que facilitan las roturas de la articulación.

El ligamento cruzado anterior es uno de los cuatro ligamentos principales de la rodilla y una de las piezas clave para su estabilidad. Se trata de un tejido que une el fémur y la tibia, y previene la traslación anterior de la tibia respecto al fémur. Jesús Cortés, traumatólogo y cirujano ortopédico especializado en rodilla, indica que habitualmente “suele deberse a un giro forzado de la pierna, normalmente con mecanismo en valgo y rotación externa”, es decir, cuando la rodilla gira y el pie queda fijado en el suelo. Además, Raúl Coto, fisioterapeuta y profesor de la Universidad Pontificia de Comillas, añade que también influyen factores como la “poca flexión de rodilla, desaceleración brusca o falta de control muscular”.

Realmente no se puede prevenir por completo”, reconoce la fisioterapeuta Aitana Jiménez

La lesión se manifiesta cuando se produce un chasquido interno en la rodilla, seguido de un dolor repentino y una inflamación que aparece en pocas horas debido a la acumulación de líquido. Tras la confirmación de la rotura, la única solución es pasar por el quirófano. Mikel Aramberri, traumatólogo especialista en cirugía ortopédica que formó parte del cuerpo médico del Real Madrid durante las temporadas 2015/16 y 2017/18, precisa que la cirugía consiste en coger un injerto, generalmente de los isquiotibiales, que se dobla para formar una estructura cilíndrica de unos 9 o 10 milímetros. Una vez preparado, se realizan túneles por los que se pasa el ligamento desde la tibia al fémur. Finalmente, se fija con tornillos y se ajusta la tensión.

La rotura de ligamento cruzado anterior representa hoy una de las mayores preocupaciones del fútbol femenino, pues cada vez más jugadoras de élite han sufrido esta lesión. Según el Diario Sport, desde 2022 más de 500 futbolistas han pasado por esta situación, entre ellas nombres tan reconocidos como Alexia Putellas, Sam Kerr o Beth Mead. La explicación no está en una única causa, sino en la combinación de factores anatómicos, hormonales y neuromusculares. Uno de los principales factores de riesgo es la anatomía de la rodilla. Las mujeres presentan una mayor tendencia al llamado “valgo de la rodilla”, una desalineación en la que las rodillas se juntan y los tobillos se separan, formando una “X”, dejando más expuesto al LCA. También influyen los componentes neuromusculares.

Según explica Raúl Coto, “las jugadoras presentan menor fuerza en la musculatura flexora de la rodilla”. A su vez, David Chorro, preparador físico que formó parte del cuerpo médico del Real Madrid durante la temporada 2013/14 y del Atlético de Madrid en 2015/16, señala que hay un uso excesivo del cuádriceps frente a los isquiotibiales. Esto es importante porque los isquiotibiales actúan como un mecanismo protector del LCA.

Las mujeres son entre 2 y 8 veces más propensas que los hombres a sufrir esta lesión

A nivel hormonal, Coto subraya: “Durante fases como la ovulación, pueden producirse cambios hormonales que influyen en el tejido ligamentoso, favoreciendo una mayor laxitud”. En otras palabras, una mayor capacidad del ligamento para estirarse. Por otro lado, también se tiene en cuenta factores externos como el diseño de las botas. David Chorro detalla que el pie de la mujer tiene una morfología distinta y que muchas botas están diseñadas a partir de hormas masculinas reducidas de tamaño, lo que puede afectar a cómo se fija el pie al suelo y a cuánta rotación se transmite a la rodilla. “Es un tema del que se habla poco y merece más atención”, añade.

El Mundial femenino de 2023 dejó unos datos preocupantes, entre 25 y 30 jugadoras se quedaron fuera del torneo por una rotura de ligamento cruzado anterior, según el Diario Sport. Con el Mundial de 2027 cada vez más cerca, la prevención de esta lesión vuelve a estar en el centro del debate. “El trabajo de los isquiotibiales es indispensable”, recalca Aitana Jiménez, fisioterapeuta del primer equipo del Madrid CFF. “Lo más importante es aprender a frenar y a aterrizar bien”, explica David Chorro, que advierte que “la mayoría de jugadoras no ha trabajado eso de forma específica”. En la élite, la prevención se apoya cada vez más en análisis de datos. Daniel Labarca, preparador físico de Alexia Putellas durante su rotura en 2022, describe que utilizan sensores DMG que permiten analizar la activación muscular y detectar desequilibrios entre ambas piernas. El cansancio acumulado de las competiciones también influye.

“La lesión no suele venir de un momento puntual de mala suerte, sino de una acumulación de fatiga que baja la calidad del movimiento”, apunta Chorro. Aun así, el riesgo cero no existe. “Realmente no se puede prevenir por completo porque es accidental”, reconoce Aitana Jiménez. En este contexto, programas preventivos previos al entrenamiento como el FIFA 11+, diseñado para futbolistas a partir de 14 años, podrían ayudar a reducir el riesgo de este tipo de lesión.

Una recuperación que no es solo física

Las lesiones de ligamento cruzado anterior no solo suponen un parón físico en la carrera de una futbolista, sino también un impacto psicológico profundo. “Las lesiones son momentos muy estresantes, se viven emocionalmente como un duelo”, argumenta Gema Sancho, psicóloga deportiva. Además, la jugadora se enfrenta a meses de incertidumbre, pérdida de rutina y desconexión de la competición. “La jugadora tiene que aprender a convivir con la pausa y ver como el equipo sigue sin ella”, matiza Gema Sancho. Durante la recuperación el miedo a no volver al mismo nivel o de una recaída puede afectar. “Puede hacer que la jugadora se inhiba en su juego y reduzca su rendimiento”. Por eso, la motivación se vuelve clave durante los meses de rehabilitación. “La recuperación debe plantearse con objetivos a corto plazo para ver la evolución y mantener la confianza”, comenta la psicóloga.

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Alumna del Grado en Periodismo